domingo, 25 de enero de 2015

Humillando al gitano

A distancia, sigo el affaire Chunguitos, con creciente desolación. Por lo que imagino de la trastienda de los reality shows, supongo que Juan y José Salazar fueron contratados por Mediaset precisamente para que soltaran barbaridades, de esas que chocan a los televidentes y alborotan las redes sociales. Y cumplieron con creces.


En una concesión a lo políticamente correcto, fueron expulsados de Gran Hermano VIP pero se les obliga a acudir a las galas semanales, donde son ninguneados. Urge que sientan el oprobio de su homofobia, su racismo y, posiblemente, su ingenuidad al obedecer las consignas de Tele 5.

Resulta enervante tanta hipocresía, que apesta a encerrona, a jugada maquiavélica por parte de Mediaset. Cuando has tratado a artistas gitanos de cierta edad, aunque sea durante el ritual de la entrevista, compruebas la flexibilidad de sus creencias: pueden soltarte justo lo contrario de lo que te dijeron media hora antes… y en ambos casos se expresan con fervor, rotundamente. Y lo comprendo: en el sufrido pueblo gitano, se mantiene una tradición secular de engatusar al payo, diciéndole lo que espera oír (pero ya saben lo difícil de mantener la coherencia de una mentira).

Durante unos años, Los Chunguitos hasta fueron aceptados en los ambientes modernos
Los Chunguitos, al igual que otros artistas raciales, adquirieron visibilidad gracias al empeño del poeta José Miguel Ullán, que en estas páginas realizó una impagable labor de apertura de mentes. Al poco, Carlos Saura, con su mágico feeling para la música popular, utilizó sus canciones para dar densidad emocional a los delincuentes imberbes que pululaban por Deprisa, deprisa (1981).

Hasta entonces, Los Chunguitos habitaban en el limbo de las casetes de carretera, con grandes ventas pero fuera del radar de los medios. En EMI, dónde habían sido fichados por Ramón Arcusa, no pensaban que podían acceder a un público capaz de pagar soportes más caros, como el LP. En la discográfica sí apostaron por individualizar su perfil sonoro: en general, cambiaron la trompetería de Los Chichos por la contundencia del grupo de rock, seguramente tras la pista del llamado Sonido Caño Roto.

El secreto era un repertorio construido por acumulación de tragedias y desamores, cárceles y traiciones, puñaladas y putas. Todo, atención, cantado con voces ásperas y ritmos festivos. Lucían modernos: mientras Los Chichos lamentaban la perdida de virginidad de “una mocita”, Los Chunguitos se planteaban conflictos entre ideología y sentimientos (“Me quedo contigo”). Y fascinaron a la movida madrileña.

Los Chunguitos actuaron dos días en Rock-Ola, en 1982. Fueron parte del cartel de una fiesta organizada por la revista La Luna en el Hotel Palace, a finales de 1984. Al año siguiente, aparecieron en La edad de oro. Más adelante, hubo maxis pensados para las discotecas, incluyendo uno con participación del rapero neoyorquino Afrika Bambaataa. Y el entonces obligado directo en el Teatro Alcalá, con Alaska entre los invitados.

El flechazo con la modernidad fue fugaz. Algo no cuajaba: fuera de sus conciertos de relumbrón, sus actuaciones tendían a sonar cutres. Era el problema de los artistas gitanos, incluyendo a muchos flamencos: no concebían la totalidad del sonido, el concepto de disco. Dependían de arregladores y productores; cuando había colaboradores en la onda, tipo Eddy Guerín o Julio Palacios, sí funcionaba pero aquello no tenía el pálpito de lo orgánico.

Luego, en los escenarios, solía fallar la amplificación y el soporte instrumental, incapaz de acercarse a sus producciones. En distancias cortas, resultaban más convincentes con las palmas y la guitarra de Juan. Pero no hablemos de música: Gran Hermano VIP es una picadora de carne, especializada en carne barata o pasada de fecha.

Simultáneamente, llegaba la noticia de que sus eternos competidores, Los Chichos, ya en gira de despedida, animarán la próxima edición de Viña Rock, uno de los festivales más multitudinarios de España, a celebrar en Villarrobledo. Buena idea: hay casi doscientos kilómetros entre esa localidad de Albacete y la casa de los horrores de Tele 5.


Fuente Original

lunes, 19 de enero de 2015

Unos Chunguitos muy chungos

La expulsión de los hermanos Salazar de 'Gran Hermano-VIP' empaña a uno de los nombres míticos de la rumba flamenca madrileña


Juan y José Salazar junto a Manuel, tercer componente de Los Chunguitos.

Lejos, muy lejos quedan los tiempos en que Los Chunguitos triunfaban, llenaban salas noche tras noche y su discográfica les pedía un disco cada año del que se despachaban decenas de miles de ejemplares. La deplorable actuación de los hermanos Juan y José Salazar, supervivientes del popular trío que contribuyó a encumbrar la rumba, en 'Gran Hermano VIP' demuestra lo difícil que resulta envejecer en ocasiones bajo los focos. Sus declaraciones de tipo homóbofo y racista, criticadas por asociaciones de gays y lesbianas y partidos como el PSOE, les han conducido directamente a la expulsión del programa por decisión de su productora, Mediaset, poniendo fin a un episodio más próximo a aquellas películas de marginalidad y persecuciones a bordo de coches 'Seat 1430' de cuyas bandas sonoras formaban parte que a un género musical más serio y con mucha mayor historia de lo que parece.

Muy a pesar de lo presenciado en 'GH-VIP', los Chunguitos pertenecen a una estirpe gitana extremeña que lleva el flamenco en la sangre y que ha jugado un papel muy importante en su renovación y, sobre todo, en su popularización. Su tío, José Salazar Molina, Porrina de Badajoz (1924-1977), se llevó el género a Madrid. Figura en la antología de los mejores cantaores españoles. Su voz y su manera de interpretar los diferentes palos flamencos era única, excepcional, a juicio de la crítica. Tampoco su padre, Gonzalo Salazar, cantaba mal, pero nunca obtuvo la fama de sus tres hijos adalides de la rumba urbana. O de sus hijas Encarna y Toñi, Azucar Moreno, que, como sus hermanos 'chunguitos', en los últimos tiempos han probado la popularidad de los platós televisivos. La saga flamenca continúa con varios miembros más de la familia Salazar a través del grupo Alazán, que ganó el festival de Benidorm en 2000, y el dúo Romanó, entre otros.

Triángulo del oro de la rumba



Para entender el devenir de Los Chunguitos hay que situarse en su punto de partida: los estertores del franquismo, malas calles, una infancia tirando piedras y una revolución musical a punto de ebullición. A mitad de los años 70. Mientras Peret llevaba a la rumba catalana por entresijos entonces desconocidos de la fusión de estilos, Los Chunguitos formaron parte del triángulo del oro de la rumba madrileña, que completaban Los Chichos y Los Chorbos, legendario grupo impulsor del sonido Caño Roto y en el que militaba un joven y experto guitarrista apodado Manzanita. Prácticamente, los hermanos Juan, José y Enrique Salazar (quien falleció en 1982 marcando el declive del grupo) se criaron en las calles de Vallecas con los hermanos Julio y Emilio González, otros dos tipos inquietos llamados a la gloria de la rumbita: ellos formarían Los Chichos con Juan Antonio Jiménez, el famoso ‘Jero’, tras un afortunado encontronazo en un tren con destino a Vigo.

Siempre se ha establecido un paralelismo entre los dos grupos, alimentado evidentemente por su formato (ambos eran tríos), sus coincidencias de historial y sus elevadas ventas. De hecho, hace unos cuantos años realizaron una gira conjunta por varias ciudades españolas. Sin embargo, cada uno de ellos disponía de sus propias fronteras, sus propias reglas interpretativas. Incluso una concepción distinta de la escritura. Aunque pudieran tener en común argumentos como la marginalidad, la cárcel, la prostitución y las drogas, en el caso de Los Chichos el tono era mucho menos áspero y barrial, más sentimental. Eso sí, todo en aquel escenario resultaba muy diferente a la luminosidad festiva de su hermana catalana, salvo en excepciones como 'Y esta rumba tan flamenca'.

Los Chichos siempre han dicho que lo suyo fue el 'sonido Chichos'.



 Y es cierto. Contenía matices que lo diferenciaban del estilo surgido en Caño Roto, barrio madrileño donde Los Chorbos experimentaban una suerte de fusión entre el flamenco y el funky americano de los años 70. Fue breve y tuvo escasos referentes, entre los que cabe citar también a Las Grecas, cuya influencia se dejó sentir más tarde en la música de Azúcar Moreno. Los Chunguitos, en cambio, eran más urbanos, duros y vallecanos. Asfálticos. Hablaban de discotecas, de billares, de padres borrachos y de madres que fregaban, de buscarse rollos buenos y de pillar una litrona. Vivían en Vallecas desde niños, después de que sus padres dejaran Badajoz para ganarse la vida en la capital de España. Posiblemente, ese sonido y esa actitud se convirtió en el pasaporte para participar en las bandas sonoras de películas como 'Perros callejeros', 'Deprisa deprisa' y 'Días contados'. Cabe dejar aparte su contribución a otras cintas mucho más próximas en el tiempo como 'Ja me maaten…' o 'Ekipo Ja'. Ya ha quedado dicho que en ocasiones se envejece mal.
Gracias a la áspera banda sonora de 'Perros callejeros' y el impacto social provocado por este relato de delincuencia y marginalidad dirigido en 1977 por José Antonio de la Loma y protagonizado por 'El Torete', Los Chunguitos consolidaron la incipiente fama que habían cosechado un año antes gracias a la decisiva ayuda de Ramón Arcusa.

'Dame veneno'



Los Salazar se ganaban la vida cantando por los bares de la parte histórica de Madrid. Durante una fiesta, al componente del Dúo Dinámico le llamó la atención la calidad de sus voces y armonías. La rotundidad de sus letras. El ritmo de la rumba flamenca madrileña. De inmediato, Arcusa convenció a su discográfica para que contratara a aquellos rumberos veinteañeros. En 1976 editaron así su primer álbum, que contenía 'Dame veneno', posiblemente su canción más recordada. Superaron los cien mil discos vendidos. Un despegue en toda regla.

Luego vendría la película de José Antonio de la Loma y una frenética sucesión de actuaciones y grabaciones. Los Chunguitos eran una fábrica de rumbas. Cada año, un disco. Las noches de sábado en la televisión perdían color sin ellos. A la par se forjaría el mito de la rivalidad con sus amigos de Los Chichos; un falso duelo, pero que proporcionó enormes réditos comerciales. Los Chichos y Los Chunguitos se convirtieron en los reyes de las gasolineras. Ganaron varias casetes de platino. A finales de los 70 y principios de los 80, las carreteras españolas eran ellos, el 'Seat 124' y los calendarios de neumáticos llenos de chicas neumáticas. 'Me quedo contigo', 'Algo para volar', 'Soy un perro callejero' y el asfalto. Nada más.

Sólo años más tarde, en las postrimerías de los 80 y especialmente en los 90, la gasolina comenzó a faltar. Las letras de la rumba madrileña ya no molaban. 'El Torete' y 'El Vaquilla' eran historia.

El género se había vuelto repetitivo. El mismo corsé melódico que le llevó hasta su cumbre hizo probablemente que no pudiera ensancharse, enriquecerse con otras fusiones. Estaba todo dicho. Por el contrario, el nuevo flamenco se perfilaba como un estilo recién llegado más fresco, divertido, festivo, cool, encarnado en una larga lista de artistas que, como los Ketama, realizaban unas producciones mucho mejores y adaptadas a los tiempos en curso y, sobre todo, a las radiofórmulas. Aun con todo, Los Chunguitos continuaron con cierta fama. Que se lo pregunten a Jordi Pujol. El expresidente de la Generalitat, más intrépido que en Andorra, decidió en 1999 organizar un mitin-festival en Barcelona invitando como reclamo al trío rumbero.

Más de 15.000 personas acudieron al acto, pero con el propósito no de escuchar al entonces líder de CiU, sino a Los Chunguitos. Recibieron a Pujol con una pitada tan abrumadora que éste sólo acertó a decir un par de frases antes de ceder el testigo a los hermanos Salazar. Aquel fue el día que la rumba venció al soberanismo. Viendo el percal, ni Artur Mas ni Duran Lleida, que debían hablar también en el mitin, se subieron al escenario y prefirieron dejar que Pujol se comiera el marrón él solito. Más o menos como ahora.


TEMAS Soniquete (Miguel Pérez)

La hija y la sobrina de Los Chunguitos, orgullo y portada






Aroa y Encarna son el dúo Alazán



Aroa y Encarna son el dúo Alazán, gitanas modernas y defensoras de su pueblo. Ahora que su padre y su tío (Los Chunguitos) la han liado en el reality GHVIP, ellas aprovechan para volver a pedir disculpas y demostrar que "ser gitana hasta la muerte no significa que como mujeres no tengamos libertad". Y aquí la prueba fotográfica. Mañana en tu kiosco.

Han pasado apenas tres días desde que Juan y José Salazar fueran expulsados del concurso GHVIP por unos comentarios homófobos. Mañana lunes, en tu kiosco, podrás admirar la belleza de la saga Salazar. Aroa y Encarna, hija y sobrina de Los Chunguitos, posan para interviú con orgullo gitano y rabia por el vapuleo mediático a sus familiares. En la entrevista piden disculpas y aseguran que "Los Chunguitos no han matado a nadie"
Fuente de Interviu

lunes, 23 de junio de 2014

Los Chunguitos "Vagando por ahí"

Los Chunguitos
“Vagando por ahí”
EMI, 1984



Estamos en la primera mitad de los años 80, La Movida no solo es un hecho desde 1982 sino que el ruido de que en España una explosión cultural (que eso fue, aunque a veces lo olvidemos y todo quede reducido a lo musical, pero salpicó también a las artes plásticas, al cine, a la moda…) está inundando el país llega hasta los medios internacionales, que curiosos de que el viejo reducto fascistoide abrace la modernidad, no dudan en venir a ver qué está ocurriendo. Justo ahí, salta la leyenda urbana: a John Peel, el gurú musical de la BBC, le llegan ecos de lo que sucede (Manrique de por medio, que lo invita a una edición del carcomido Festival de Benidorm reconvertido para la ocasión en muestra sonora de actualidad, dejando atrás su pasado competitivo-melódico), se hace con discos locales pero no se deja impresionar en absoluto por el nuevo pop, tan similar al anglosajón solo que interpretado en castellano. Sin embargo… escucha a Los Chunguitos y salta la chispa: ahí sí que oye algo distinto, algo que deslumbra y que suena inédito. Los pincha en su programa de radio y obra el milagro de que la modernidad hispana mire con buenos ojos al trío rumbero madrileño… ¿Verdadero o falso? Parece que nunca lo sabremos, pues algunos de los protagonistas ya no recuerdan muy bien cómo fueron los hechos. Pero de lo que no hay duda es de que Paloma Chamorro le abrió a Los Chunguitos las puertas de la televisiva “Edad de Oro”, que era como darles el plácet de la modernidad: la rumba suburbial o mesetaria (al gusto del consumidor), molaba. ¡Toma! ¡Hasta Alaska grabó con ellos en un directo!
Ese fue el momento en el que Los Chunguitos, no se sabe si inspirados por las muchas muestras de afecto recibidas en aquel tiempo, o por un brote de espontánea inspiración, parieron uno de los discos más rotundos de su carrera, “Vagando por ahí”, en el que desde la portada ofrecían una imagen distinta a la tan racial, y algo rancia, de sus producciones anteriores: diseño “pensado” y moderno, jugando con la tipografía, fotos en blanco y negro silueteadas. Pero lo bueno de “Vagando por ahí” estaba, como es de rigor en esta sección, en sus surcos.
Producido por Julio Palacios (con larga experiencia, había trabajado al lado de Gonzalo García-Pelayo) y arreglado por José Miguel Évoras, el portugués Johnny Galvao y el componente de Suburbano Luis Mendo, se aprecian, según la canción, los diferentes arreglos: unos más acústicos y ortodoxos, otros más pop y otros más rockeros. En los créditos se evita mencionar a los músicos de estudio que pusieron sus instrumentos (¡maldita costumbre!), y es una pena pues convendría saber quién toca, por ejemplo, las guitarras eléctricas (probablemente fuera el propio Galvao).
El elepé se abre de manera inmejorable con ‘Vagando por ahí’, rumba callejera y rockera (escrita por dos Chunguitos y el mismísimo Leonardo Dantés, décadas antes de que acabara siendo un personaje lamentable más del friquismo televisivo) con introducción de la sección de vientos hasta dar paso a las tres voces del grupo (su forma canora más identificable), con esos versos iniciales que son, sencillamente, impagables: “Tiene 18 años y está cansado de vivir / porque el mundo en el que vive / no le puede hacer feliz. / Tu padre te echó de casa, / no tienes calor de hogar, / por un poco de dinero, / con cualquiera tú te vas”. Rumba para el barrio, para la inhóspita ciudad dormitorio. Y por si había dudas de cómo Los Chunguitos se acercaban a la calle, ahí va eso de “el ácido y la bebida, / te apartan de la realidad, / cuando te falta el dinero / tú lo tienes que robar”. Y venga el estribillo: “De noche y de día / vagando por ahí, / no sabes lo que hacer, / no tienes dónde ir, / el mundo te olvidó, / ay, qué va a ser de ti”. Todo ello con melodía y ritmo imparables. Un melocotonazo de miedo, que habría dicho el difunto El Fary.
Pero en esto de fijar la imagen del suburbio, Los Chunguitos no eran unos recién llegados, como bien lo comprendieron José Antonio de la Loma y Carlos Saura al incluirlos en las bandas sonoras de, respectivamente, “Perros callejeros” (1977) y “Deprisa, deprisa” (1981), que los catapultaron al éxito de las cintas de casete y los Seat 850 y 124, solo que en este disco, y en contra de producciones anteriores, el sonido logrado por Los Chunguitos es único, perfecto, contemporáneo, pero en absoluto ochentero (aquí no hay “máquinas”): con enorme claridad los planos quedan definidos, las piezas encajan, se refuerzan los temas más rock y se tratan con cariño los más raciales, como el intenso ‘Mi chavorrilla’ (una delicia para cantar el amor de un padre por su hija), ‘Amor de segunda mano’ (típica canción de desengaño amoroso a lo chunguito, deudora de las letras de la copla, con base rockera y los coros de Azúcar Moreno), ‘Ojos morados’ (de Dantés, y esa guitarra eléctrica, uno supone, de Galvao) o ‘Embustera’ (historia de traiciones y cuernos). Pero también hay sitio para delicias como ‘Recuerdo’ (una balada hermosísima), para ponerse pop en ‘No puedo dejar de amarte’ o temas en los que sacan el lado flamenco y moruno, como en la fantástica ‘El amor es eterno’ (“El amor es eterno / cuando se quiere como tú me quieres, / cuando se quiere como yo te quiero”) o en ‘Quisiera volar’ (una rumba de Pepe de Lucía). El cierre del disco, como el arranque, es pura gloria del asfalto, genuino sabor de barrio, parafraseando a Gato Pérez: ‘Puños de acero’, con arreglos hermanos a los de ‘Vagando por ahí’, en este caso para contar la historia de un boxeador preso y esos bis a bis con su churri que le mantienen vivo, aunque cuando no está con ella, el deseo y el recuerdo lo consumen: “Maldito muro, me aparta de la que yo quiero, / cuando peleo el coraje me pone ciego, / y mi contrario es el mundo entero / y mis puños parecen que son de acero”, ¡uf! Para rematar, una trompeta nocturna y golfona subraya semejantes versos, ¡doble uf!
Si la leyenda urbana es apócrifa y John Peel nunca escuchó a Los Chunguitos, debería de haberlo hecho. Seguro que le habrían gustado: para activarte por la mañana son mejor que el Pharmaton Complex con ginseng.